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sábado, 30 de mayo de 2020

Dormir





Tu recuerdo lo uso para dormir.
Dejo mi cuerpo quieto por varios minutos mientras mi mente malabarea las escenas. Casi casi puedo verte, por el rabillo del ojo, tipeando abstraída mientras te hago algo de comer. Casi casi te oigo renegando por tararear una canción que dices que odias, pero que no. Casi casi que me ataca tu olor, ileso y debajo del perfume, cuando has llegado a casa y te quitas la chalina. Casi casi hasta que siento el peso de preguntarte eso que me confirma que me miras, pero que no me ves.

Cambio de posición hacia el otro lado sin abrir los ojos y me vuelvo a asir a él. Anteayer es ese globo de helio que ha de sacarme del mundo de los vivos hasta que haya luz, ruidos de despertador y aroma a café. Relajo la espalda, acomodo la almohada, cavilo. Casi casi que se me enfrían las manos de soltar las tuyas y verte bailar, entre el miedo y la adrenalina, hacia la puerta de un avión. Casi casi que me sabe a sal el aire del trigal que atraviesa tu bicicleta, de sur a norte. Casi casi que el susto y mis ansias de cuidarte me quitan, en medio segundo, los siete gintonics que llevo encima.

En teoría lo uso para dormir…en teoría. Heme aquí con la noche a cuestas, hurgando en el tiempo, queriendo y odiando, escudriñando el sinnúmero de palabras que existen hasta encontrar ésas que le dibujen perfectamente el contorno a una huella.
Iluso.

El olvido llega y que conste aquí esto. Aquí, en este inservible intento de demostrar que no. Que aquí conste que llega, que todo lo inflama y que sabe quedarse.
Habrá que vivir. Eureka
Habrá entonces que salir al mundo y ver, oler, odiar y amar. Habrá que sentir pesos, miedos, viento y manos frías…habrá que hacerlo todo de vuelta. Habrá que vivir mucho para recordar siquiera poco, o acaso algo.

Habrá que vivir para recordar y -esto tiene que decirse- también para dormir. También para dormir.

lunes, 23 de marzo de 2020

Mujer



Es que, de principio, no sabía lo que hacía. Te había olfateado ya -por puro azar- deambulando de ida y vuelta sobre una canción de la radio. El tráfico, el piano, el calor, el ruido, el niño sentado en un asiento trasero que recorre la galaxia.

Pero pasaste. Tangente a mi vida anduviste tu camino y allí yo; existiendo intacto, bien peinado, impecablemente en blanco. Sentado quedé, confundido y en silencio, abrumado desde apenas detrás de los ojos. Sed de entender; sombra que no es la mía, ruido irreconocible, enigma a resolver. ¿Me culpas acaso? No estaba equipado aún para saberte, para trazarte los confines. Cuando niño, la palabra amor vivía abrigada por las paredes de mi casa y cantaba, a la mañana y al pie de la cama, los cumpleaños. Vendrían luego la pelota y el parque, los fondos de los vasos, las prisas, los -ismos, las mañanas ventosas que me pillaron, esperándolas en la orilla, descalzo. Acaso te regalé un golpe de olvido; acaso fue que me lo regalabas tú.

Pero volviste. En lontananza y al horizonte, te reconocí al instante. Eran tus huellas, tu tibieza, tus ojos vivos, tu velocidad. Traías a cuestas nuevos tonos de verde, las oraciones completas, los silencios francos, tres certezas y siete dudas, el frío irremediable que le provocas a mi espalda. Y te supe, te bebí, te anoté en la hoja última de mi cuaderno de colegio. Te di, abierta al sol, mi mano derecha. Es que no sabía lo que hacía, lo que eras, lo que cuestas…lo pronto que te ibas a ir.
Pero te busqué. Me hice a la mar, deambulé, arrastré mi historia por los pisos, las hojas vacías, los campos, los Do Mayor, los aeropuertos. Besé, me dolí, abrigué, herí, grité…me sentí pequeño y enorme en mi rincón de universo. Pero aprendí.

De vez en cuando te asomas por aquí; aún refrescando, con todo tu ruido, mi espalda. Atento te distingo en la que llevo sujeta a mis brazos, en pleno baile. En lo que dura un respiro vienes y te vas, revelándote alegre en las uñas, el calor, en una combinación rabiosa de las letras, en las risas, las anáforas, el desamor. Sé que ése será el único modo de vernos, de volver a abrir la hoja última del cuaderno de colegio. A veces, y sin pensármelo mucho, imagino nuestra despedida. Implosiono en episodios en los que, en mi lecho de muerte, eres esa última cuestión en la que pienso. Los hay otros en los que imagino que te olvido, que la masa enorme de la vida termina por volverme el tipo que nunca fui, rebosante de indiferencia; el tipo que te convierte en una foto marchita, borrosa, asquerosamente irreconocible…como él mismo. También los hay aquellos en los que te pierdo la fe, la métrica; ésos en los que, con una hipócrita sonrisa, vuelvo a ser el niño intacto que confiado se sienta en un asiento trasero y recorre, al lado de tu ausencia, la galaxia.

No sé cuándo será, ni dónde, ni cómo…lo que sí sé -sentado sobre toda convicción- es que nos veremos de nuevo. En los labios de alguna, en la cama de otra, en la melodía con la que se ría la última.

Ya me lo dirá, con un hielo irremediable, mi espalda. Sí que me lo dirá.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Insomne





Digamos que no puedo dormir.

Que son mis letras, adictas a las prisas, quienes se arrojan sobre el papel. Que hay cosas en esta nube -a la que suelo llamar mente- con ansias lívidas de significar, porque sí. Porque si algo se sabe de los mortales es que quieren todo siempre para no obtenerlo nunca.

Que no quiero dormir.
Que soñar espanta cuando la vida sujeta. Que me estoy quedando mudo e insomne…y que así lo elijo. Que tras besar mis cicatrices pienso en mí y en los patios. En esos espacios grandes y frescos donde mi voz no se oye y los pisos están empedrados; aquellos sitios en los que uno siempre suele olvidar que amar y elegir no son lo mismo. A menudo me pillo pensando en cuán caro resulta aprender eso y en los pocos pesos que llevan mis bolsillos.
Que, si algo habita de este lado de mis párpados, no ha pasado a saludar. No hemos compartido aún una taza de café recién molido, ni una palmada en el hombro. Igual espero que llegue el día en que nos reconozcamos como viejos amigos, nos contemos historias repetidas y chistes malcriados. Entonces vendrán días de mar, amarillos y bien puntuados; el sol se pondrá a las ocho y sonarán sus carcajadas, en otra voz. Hablaremos en esdrújulas, miraremos Casiopea, haremos fotos al colodión y todo olerá a jueves. Entonces, habrá silencio.

Pero digamos que no puedo dormir. Aunque son años ya desde que mudé mi cuerpo al centro de la cama no he podido aún sacudirme los espacios vacíos. Supongo que primero habría que llenarse uno. Habría que olvidar que ya no la espero y cambiar de tesitura; seguro que así los espejos dejarían de añorar, a la tarde, su pelo largo. De seguro que desaprendería una a una todas las pendejadas que lanceo a diario y hasta podría fingir nuevamente que no sé mentir.

Tal vez entonces y sólo entonces dejaría de tener prisas, patios, cicatrices, pesos, espejos y lamentos...todos disfrazados de insomnio.
Y vaya si no los tengo.

lunes, 13 de mayo de 2019

Madera



Tercera cuerda al cuarto traste. La ceja al segundo. A mis dedos, madera. A mis miedos, madera.
La hoja intacta a galeras, derruida, arrugada...vacía sólo de sentido.
Cuán pesados, cuán esquivos los espacios, la canción, la mujer, la trascendencia. Qué falta me viene haciendo un enemigo fiel, algún sueño posible, la fatiga de disfrazar de tatuaje la cicatriz. La libreta ha alumbrado una súplica que quiere ser oda, borracha del tesón con el que añoro -cada jueves- ser fulano de tal.

《¿Qué habrá sido de mí?
¿Con qué pócimas es que se cura uno de una pésima memoria que todo lo recuerda?
¿Cada cuánto es que vuelve un día como ése, en el que escuché por primera vez una canción que ya mil veces había oído?
¿Es que acaso "piel", por antonomasia, siempre será la suya?
¿Volveré a temerle a la muerte, a la soledad, a la esquina de su casa?
¿Quedarán dioses a los que pedirle que no vuelva?
¿Musas que perfumen el olvido?
¿Algo queda?
¿Algo ansío?
¿Algo soy?》

La hoja intacta a galeras, derruida, arrugada...vacía sólo de sentido.
Tercera cuerda al cuarto traste. La ceja al segundo.
A mis dedos, madera.
A mis miedos, madera.
A mi ausencia, tú.

sábado, 29 de diciembre de 2018

Entérate



Que te voy a mentir.

Que te sacaré de la mundanidad del cubículo, los semáforos y las dos medias tazas de café. Que te diré de vuelta lo que oíste una noche serena, cuando niña. Haré que la arena te mime los pies hasta el borde de la orilla, entre un siempre y un adiós. Lo que no diré es que es ahí y sólo ahí donde las olas rompen, tarde a tarde, a llorar.

Que soy un hombre intacto.
Que lo único a quitarme es la ropa…que no traje nada más. Que tu calor ha de quedarse en mi cama hasta que vuelvas; que mi espalda reclama a gritos a tus uñas; que sé que sabes que no es cierto. Que tocaré tus bemoles -uno a uno- en un allegro de tu ruido y que, a la mañana, lacónico, lo he de tararear al desayuno.
Que me miras pero que me ves.

Que cuando fisgo a la nada pienso en ti y en el modo exacto en que te derramas sobre el domingo. Que nunca miro atrás. Que no revivo la arboleda y el canal y el trigo y el molino y la risa y la bicicleta. Que acaso es retrato de lo suficiente; que desde entonces se echa de menos respirar.
Que no.

Que soy huérfano de hijo, árbol y libro…que eso de algo importa. Que has de subir la guardia con los poetas; que te adoren es quedarte detenida, abrigada por fonemas, inexorablemente ajena a todo aquello que se osa llamar tiempo. Que has de espantarlos, que sin darte cuenta te puedes hacer eterna; y que, a veces, morirse no es para tanto.

Por favor, entérate mujer.
Que soy un hombre intacto, aunque de hijo de puta llevo hasta las huellas. 
Entérate ya.

jueves, 25 de octubre de 2018

Si tan sólo



Si volviese a escribir tendría muy pocas cosas que decir. 
Y es que hoy por hoy hablo mucho y no digo nada; mucho más es lo que musito, lo que mastico, lo que rumio cada dos pedazos de vida, aquellos trozos de película sucia a los que los intactos llaman domingos por la tarde.

Si se apagasen de una puta vez las cenizas de la felicidad y la viese caer muerta sobre la arena, tal vez mis nostalgias harían por fin el paseíllo. Quizá entonces mis dedos vacíos tendrían el cuajo de darle a las teclas alguna suerte de orden que traiga consigo un aroma de otrora, un valse del ayer, un trazo que pinte de pésimo modo el tipo que he sido. Pues eso...quizá.  

Si venciese acaso el horror que la página en blanco le pone a mis huesos, diría que no me hace falta nadie…ni siquiera ella. Que donde acaba la calle una vuelta a la izquierda nos dejó a ambos mucho más cuerdos pero menos vivos y que, de acabarse este otoño, podremos ya empezar a olvidar todo lo que no recordamos y lo que a veces y lo que sí. Carajo, tal vez hasta lo de a diario.

Si tuviese el descaro inmenso de hacerlo todo de nuevo tendría que inventarte toda de vuelta.  Habría que venir al “siempre” del odio a las prisas, las anáforas y el despertador. Entonces vivir volvería a tratarse de columpiarte en cada frase, de dibujarte en cada espejo, de tararearte en cada risa e imaginarte en cada esquina de cada calle de cada jueves de cada año. Escribir una vez más sería entrar en ti, en la profundidad de tu espalda, en la torpeza de mis manos, en el beso que aún no te he dado, en la esperanza de volverte a encontrar.


Si tan sólo pudiese volver a escribir…si tan sólo.

jueves, 5 de mayo de 2016

El Coronel



Mecida entre mis sienes, escrita a mano y a doble espacio, vive la historia del Coronel.  
Rompe, ríe, pesa y sueña. Reniega, trota, canta y ama. La historia del Coronel vive, inmensa, en eso que soy y que aún no sé.  

El Coronel pone pie en el suelo cada mañana, antes que todos. El silencio tempranero que lo abriga le grita a diario que está intacto. El comando y sus soledades le dan paz, le llaman al sacrificio indesmayable de ser el hombre que es.
Lo forman los ingredientes más puros que han habido. Lo visten en justísimo entalle y hace el paseíllo perfumado por un carisma crónico, profundo, repleto de realidad. El Coronel es, todo él, una oda a la honra.
El Coronel deja el nido a paso firme; atraviesa la ciudad aún oscura y sólo se detiene cuando la niebla ya no huele a miedo, sino a tierra. Pantalón de montar, fusta en mano y cara arriba; el Coronel da clase desde el corazón del picadero como quien le responde el saludo al sol. Corrige con disciplina, con amor inmenso…el Coronel educa. Talón abajo, pierna amable, manos serenas, espalda recta, bien hecho el ángulo, los ojos claros, el mando, el cariño, la cara al porvenir; trabajo y más trabajo. El Coronel sabe cómo hay que montar; sabe bien que la vida termina exigiéndole lo mismo a uno.
Huérfano desde niño de nimiedades y mundanidad, el Coronel erige en los ojos de sus ocho una imagen clara de qué significa ser humano. Aprendieron todos cuán pesadas son sus huellas, cuán albo va su ejemplo, cuán entonado canta su consejo.

Un cobarde día el Coronel fue herido de oficio; el televisor lo conminó a sangrar sobre el desierto. Desde entonces se dolió -día a día- en voz muy baja y sin rechistar. Supo sufrir, y su fragilidad, también fue una lección. El reloj le corrió más deprisa y lo fue arrimando hacia otros rincones. El Coronel se le fue al mundo un primer día; herrando para siempre a la ausencia, enfatizando al infinito el vacío, bautizando de final un inicio.
De su entereza procedió todo lo bueno, y entre eso, su segunda hija. La hija del Coronel se pasa los años voceando fuerte todo lo que es; columpiándose en su fuego vivo, en su risa franca, en su mano abierta. Sahúma su verbo en el cajón de lo intocable y suele abrir de par en par el orgullo para que todos lo vean. No ha habido un día en que no le cante hasta que se duerma, ni que vayan juntos salpicándoles agua a los bellacos de la calle.
Llegó el día que, sin previo aviso, sucedió lo inevitable: la hija del Coronel había dejado abierto el cajón. En cuestión de minutos un niño que pasaba, rebalsado de curiosidad, husmeó. El niño aprendió sobre el Coronel, y se atrevió incluso a llamarlo con una sílaba repetida. Aprendió también a compartirlo consigo mismo y muy pronto se encontró implotando en fantasías. Son años ya desde la primera vez que fueron juntos a la Plaza a escudriñar el trapío y las hechuras; y cada vez que vuelven juntos al albero, suena, de vuelta, el primer tercio. Hay otros días en los que cuentan las batidas entre oxer y vertical, mientras el Coronel le narra al niño lo que a nadie le narró. Hay muchos otros en los que sólo juegan al tenis e incluso los hay en los que, desvelados, curan con las manos sentados en el suelo.
El Coronel y el niño son amigos. 
El niño quiere ser como el Coronel. 
El niño quiere que su hijo sea como el Coronel.
El niño nunca posó pupila sobre el Coronel ni viceversa; pero son indesligables...cual suelo y patria.
Un hombre de otra estirpe, de otro tiempo...de todos los tiempos.
El Coronel vive, galopando, hasta hoy día, hasta ayer, hasta mañana.
El Coronel galopa limpio.
Galopa.





pd1: la voz de la hija del Coronel, que terminó por encontrar al niño

Razón de vivir


pd2: Pues eso, que el Coronel sí que tiene quién le escriba.




domingo, 19 de abril de 2015

Tuve que, punto





Pero tuve que hacerte daño. Tuvo que pasar porque nunca quisimos que no pase. No lo planeamos y siempre tuvo aroma a dogma, a hecho, a certeza. Aceptémoslo, los dos supimos siempre que –temprano o tarde- iba a suceder. Yo vivo con el arma sin seguro, apuntándole a la vida entre los ojos. Abrí fuego a tu alcance en plena huida; sabiéndote en otro sitio, al tanto que andabas un camino sucio que se robaba toditos nuestros martes. Aterrada que el Fa menor del piano de mi abuela me apeste siempre a “casi”; que sólo existas en mi oficina descentralizada de utopías; que ya no tenga sed de imaginarte.    
Tuve que hacerte daño porque era lo correcto. Porque lo necesitabas. Porque te quise siempre afligido, meditabundo, volando en otras dimensiones. Porque en realidad es kunderianamente insoportable la asquerosa levedad del ser. Te traje a empellones más acá; donde el mundo pesa, donde duele, donde hastía.

Tuve que hacerte daño porque tú lo quisiste así.
Porque el suelo ansiaba a gritos tu sangre.

Porque te hace bien.

Porque te hace .


Porque me hace yo.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Vive...y ven



Lo siento.
¡Lo siento tanto!
Sé que esperaste impaciente sujetarme viva en un ballet corrido; que soñaste herirme de muerte y verme -a borbotones- desangrar enteras mis entrañas negras de misterio exhausto.
Lo siento mucho, pero no puedo por mí misma; eres tú el que me da y el que me quita. Eres tú el que me exprime, el que me hace héroe y campo; el que le cosecha a mi núcleo hirviente sus silencios pulcros y sus gritos francos.
Eres tú. Tu risa cómplice de amistad antigua, los aguillotinados minutos de tu verdugo domingo, tu escasez de odio y de lágrimas, tu mano abierta al niño y al trompo, tus ganas de llamarla a la hora del desayuno. Eres todo tú.

Husmea en ti, en tus historias, en las ajenas, en las que no existen. Rebusca en ella, en la manera absurda en la que su pupila mira cuando piensa en nada, en lo clara que es su sombra, en lo que quiso decirte cuando no te dijo adiós.

Vigila, empápate, huye, siembra, canta, llora, escucha y vuela. Vive.
Vive y ven...¡y acá escribimos!


-Tu pluma-

martes, 2 de diciembre de 2014

Que vivan los que viven



Que vivan los que viven sin recetas.

Los que se saltan pasos. Los que los repiten todos.

Que viva el que se enamoró de la chica que no lee, que vivan las que no leen porque no les viene en gana.

Que vivan los que no quieren maestrías; que vivan las que no quieren marido. Que vivan los que andan por el mundo; que vivan los que mueren en su nido.

Que vivan los que no estudiaron nada; que vivan las que no sueñan con hijos; que vivan los que lloran sociedades; que vivan los que inventan su camino.

Que viva al que lo endiosa la corbata; que viva el que le falta pan y abrigo; que vivan las señoras cucufatas; que viva el hereje incomprendido.

Que vivan los bohemios de cantares; que viva el forastero compartido; que vivan los que no tienen lugares…donde ser, donde estar, donde haber sido.

Que vivan los que no siguen las reglas; los del grito insurgente y peregrino.

Que vivan siempre los que viven sin recetas.

Los que no le ponen índice al destino.  

viernes, 28 de marzo de 2014

Oublié



La vez pasada te olvidé. Me he subido al tren que va a la playa y me saqué los guantes para tener frío. Debo ser la única que se sube al tren que va a la playa en esta época del año y que se saca los guantes a propósito para tener frío. Debo ser la única. Siempre fui la única del salón que no quería ser mamá. No quiero pues, déjame en paz. Tampoco quiero ir al viaje de prom, ni el sábado a la casa de Luciana...aunque a veces sí. Lo que quiero es que no me gustes tú. Tú no me deberías gustar. Jódete, en verdad...la vez pasada te olvidé. Te ol-vi-dé.



La vez pasada la olvidé. Devolví por fin los vestiditos que le compré y sanseacabó. Hubo una noche que no soñé que lloraba y lo odié. No soñé nada y lo odié. Antes odiaba que llore, pero prefiero su llanto a su silencio. Su silencio me deja sordo, muerto, partido por la mitad. Este tren nos llevaría a tu colegio, a decirte adiós por un rato con el corazón tibio. Ya no te espero, lo sé. Sé que hace frío porque no estás. Hace frío porque no viniste nunca. Hace frío porque me fui contigo...me fui con ella. Pero la vez pasada la olvidé. La olvidé y me pesa tanto.



La vez pasada lo olvidé. Le hice caso al loco Dante y fui a ver al cura del pabellón. Decía muchas cosas que no entiendo, pero igual le conté. Le conté que la única que me viene a visitar siempre es la culpa. No hay tregua. No hay chepi. No hay nada. Hasta hoy me duele el alma cuando digo pistola, cuando digo plata, cuando digo drogas, cuando digo Luis. Me duele el alma. A él lo quieren, lo recuerdan, lo celebran...el que perdió la vida fui yo. Libertad de papel. Cúanto ha cambiado esta ciudad, este tren, esta playa...cuán poco he cambiado yo. Soy hijo eterno de un minuto oscuro, asqueroso, implacable. Y la vez pasada lo olvidé. Gracias a Dios que lo olvidé.



La vez pasada me olvidaste. Me olvidaste y ya no existo. No existiré. Nunca existí. Qué frío hace.Ya llega el tren.

viernes, 20 de septiembre de 2013

Verso, diverso, perverso


Yo no sé quién fue aquel que me dijo que ya no se llora; yo no sé por qué anduve acusándote ayer de impostora. Si estuviste a un quizás de quedarte, tal vez que me harte no es cosa de un beso; tal vez fuera que a ninguna parte o un vuelo hasta Marte prefiero antes que eso. 
Si caíste en mi cama vacía, recuerda que hoy día dejaste tu ruido; pero anoche vio que otra dormía, que helada temía que sea el que he sido. Lo anterior a mi aborrecerte, a mis ganas de verte fue un litro de vino; ejecuta impecable la suerte, estoca de muerte con temple asesino. No estoy ni ayer ni mañana ni la otra semana ni en esta treintena; así que alza la frente, fulana; y llora con gana, que valga la pena.



Y es que odio el odiar el dilema ¿canción o poema? ¿Yo supe o sabré?...no le halaga a mi lengua blasfema que muerto el sistema le aplauda de pie...  

sábado, 10 de agosto de 2013

Nosotros, según ella

Ahí te vi. Eras chiquito y sabías poco del mundo, las cartas y los silencios. Yo había olvidado ya quién era y qué hacía ahí. No sé quién nos presentó, tal y como tú tampoco lo sabes. Fuimos de a poquititos. Tú, desnudándote para que sepa quién eres. Yo, para que sepas quién podía ser contigo. Te perdonaba las torpezas y tú los desenfrenos. En lo que dura un invierno comencé a extrañarte. No te necesité antes que tú a mí. Fuimos juntos al pupitre y la chacota, y día a día, andamos. Nos decíamos de todo y frente a todo el mundo. Hasta que un día fue lunes y no estabas. Conté un sinfín de noches con sus lunas. Llegabas, de cuando en vez, con otro aroma. Yo, paradita en la esquina esperando que me cuentes, que me grites, que te acuerdes. Te extrañé y te volví a extrañar hasta que no supe hacer otra cosa. Un día viniste -vestido de pupilas borrosas- a buscarme... a encontrarte. Fue como ayer, como hoy...como siempre. Te disfracé de Silvio, de Pancho, de cualquier borracho de esquina. Recorrimos cielos, mares, miedos, fantasmas. Gritaste de mi garganta, y yo, comí de tus manos. Huiste solo, pero conmigo. Me despertabas de madrugada y yo contenta, susurraba nuestros misterios. A veces me resultan muchos; a veces...sólo un puñado. Conquistamos el absurdo como a nada...como nadie. Te hice quien eres, y tú, me embarazaste de vida.

Somos lágrima, poeta, suspiro, abril y fusil.

Somos, donde estemos...abrigo.

Soy, fui y seré -contentísima y deliciosamente-...............TU guitarra.

lunes, 21 de enero de 2013

En blanco



Maldita seas, hoja en blanco.

Maldita seas tú porque hoy no me invitas, ni me motivas, ni me retas. Hoy te temo.
Hoy te temo porque mis yemas dormidas ya no tienen el cinismo de otrora y se ven ante ti, indefensamente frágiles.
Hoy te temo, porque sé que el punto final de este escrito puede haber traído -de taquito- todo eso que sé de mí mismo pero que no quiero leer; las armas con las que me protejo y las mismas con las que me ataco.
Te temo porque nunca soy el mismo después de ti, sin que importe quién ganó en la balacera. Te temo porque yo ya casi ni disparo.

¿Estaré todavía en tu lista de enemigos? ¿Seguiré siendo tu némesis, el que alguna vez te arrimó temblorosa bajo tu cama? ¿Recordarás siquiera lo filudo de mi verbo, de mi historia, de mi voz? 

Te temo, hoja en blanco, porque la única sangre que se derrama aquí es la mía. Ya no te hiero, ya no te toco, ya no te ahuyento, ya no te ablando.
Te maldigo varias veces. Te maldigo sin odiarte, hoja en blanco, porque el día en que te odie empezaré a odiarme a mí…y hay cosas para las que uno ya está viejo. Y cansado. Y malherido. Y empolvado. Y paradójicamente entusiasmado.

Ya acabé con mi oda del espanto, con mi intento de disparo, con mi ensayo de metralla. Me declaro perdedor en la batalla si al final yo nos comparo: yo sigo igual de inútil y tú sigues…hoja en blanco.

domingo, 25 de noviembre de 2012

De la ausencia y de mí




Café, por favor. Mis pupilas no se han hecho muy amigas de mis párpados, y la culpa es de ellas si es que ando tarareándome ése julio, esa tarde, esa lluvia. A nuestro puente le sigue quedando grande la ciudad y se le sigue viendo inútil, frágil, pusilánime. Aún me gusta igual y ya no sé si es porque me gustó siempre o porque te gustaba a ti. –Excuse me…would you take us a picture, please?? Ok, five will be fine!- A veces me toca el hombro la idea de que te gustaba yo por ser igual de pusilánime que nuestro puente, o al revés.
El señor al que le comprabas los óleos ya no me pregunta por ti; creo que ya cayó en la cuenta que al frente tiene varios pedazos de hombre cosidos pésimamente para parecer uno entero. Lo enamoraste diciéndole que te gustaba bajar del tren dos estaciones antes de su puesto para alargar tu agonía y caminar ansiosa a comprarle felicidad, envasada en una cajita de cartón con siete tubitos metálicos que nunca supieron que fuera del lienzo había un país en recesión. Ya no me dice que eres su mejor clienta aunque le compres poco y sólo me saluda si lo saludo primero. Sabe que no le alcanza el pesar para imaginar la falta que me haces. Sabe que no vas a volver.

A la sonrisa la saco a pasear al parque cada tres noches; no es bueno guardarla en los cajones -que están repletos gordo, necesitamos comprar más cajones…no podemos estar así-. Me prohibí por cuarta vez (y definitiva) oír el disco de Rascal Flatts; en las tres anteriores sufrí un boicot que tenía la palabra debilidad pintarrajeada encima. Cambié el reloj  - no entiendo cómo has podido comprar ese adefesio, cuando vuelvas del trabajo va a estar en el tacho- pero todavía no cambio el mensaje del contestador; no puedo aún torear por naturales la culpa de sentirme un estafador telefónico. Igual a nadie engaño…la poca gente que poco llama sabe que no estás y que yo sí; que guardar tu voz es igual de inevitable que dejar vacío tu lado de la cama. Hay días buenos de sol y sidra, ferry, camisa nueva y carcajada, de malecón y ruid –mira gordo, ¡yo también quiero bicicleta de a dos!- silencio, mirada débil, futur_ y la gota que cayendo me susurra que estoy solo. Mejor digamos que los hay de los dos tipos.

Qué triste. Mejor tacho ese párrafo.
Mejor te tacho a ti, a nosotros, a mi mala memoria que todo lo recuerda.
Mejor tacho. Mejor borro. Mejor empiezo de nuevo. Mejor, ejem…sí, estoy mejor… mejor me olvi...mejor café, por favor. ¿Escribo? Mejor no. Mejor después. Mejor, sí mejor. Mejor mañana. Mej…mejor…ejem...mejor mejor sí, mejor.

Mejor vuelve.

lunes, 29 de octubre de 2012

Shh




Tal vez la felicidad es mi mejor mordaza. Tal vez me entumece los dedos o tal vez los ensucia con flojera. Tal vez me avienta encima un baldazo de timidez -cortesía de algún niño sentado en alguna última fila de algún salón de alguna primaria- o tal vez la sonrisa que ahora paseo es simplemente la kryptonita de mis coplas. Tal vez ya no sepa con qué más compararla, pero tengo que ordenar estos caracteres para decir lo que todos sabemos: ya no escribo.  Lo absurdo del asunto es que no sé exactamente por qué. Escribo, sí…pero no para la blogósfera. Escribo para mí, para nosotros, y sí…para ella.

 Las palabras y yo no hemos roto nuestro romance ni borrado nuestros teléfonos ni quemado nuestros cachivaches de caja de zapatos. Aún nos buscamos y nos cuidamos las espaldas, pero menos públicamente que antes.  Aún siguen siendo ése lado frío de la almohada de verano, a las que volver resulta tan placentero como el sexo con la persona incorrecta o despertar con la correcta.

Tal vez el silencio cibernético me oxida la pluma y me entorpece las yemas, el intelecto, las vergüenzas. Tal vez me abandona imberbe, carente y hambriento de la vorágine creativa de la que alguna vez me sentí, indiscretamente, una víctima placentera; de ésas que se dejan arrastrar confiadamente como quinceañera borracha. Tal vez ese mismo silencio es el retroceso que da el tigre antes de saltar, o alguna otra de esas salchipapescas analogías que usamos para autocojudearnos cuando sabemos que la estamos cagando. Tal vez quedarme callado es precisamente eso…no cagarla. Tal vez es cagarla mucho más.

Tal vez este post es la resaca de una embriaguez de culpas, de alegrías, de arrebatos.

Tal vez no vuelvo a chupar nunca más.
Tal vez no quiero dejar de chupar.  
Talvezderepentequizáspuedaser que simplemente jamás empecé.



Oe….¿chasa, no?

domingo, 26 de agosto de 2012

Tu (con tilde)




Tú eres esa mujer a la que se le pinta un retrato. La que le exprime al pincel roído el trazo perfecto, la línea precisa, la sombra justa. La que desdice los colores y los vuelve a inventar. La dueña de los ojos llenos que el pintor no sabe cuánto entenderán.

Tú eres esa mujer.

Tú eres esa mujer a la que se le compone una canción. La que empapa los silencios viejos, los pianos sucios, las cuerdas flojas. La que desdice los sonidos y los vuelve a inventar. La dueña de los pies cansados que el cantor no sabe para dónde van.

Tú eres esa mujer.

Tú eres esa mujer a la que se le escribe un post. La que inflama las letras tímidas, el verbo herido, las frases quietas. La que desdice los adjetivos y los vuelve a inventar. La dueña de los sueños vivos que el escritor no sabe si alguna vez morirán.

Tú eres esa mujer que transforma lienzo, partitura, hoja en blanco. La que es vino y noche, foto y canto, pueblo y árbol.

Tú eres esa mujer. Ésa.

La que siempre quise.

La que nunca hallé.

La que me halló a mí.

viernes, 27 de julio de 2012

Veintiocho, o siete, o nueve


Acá ya es 28 de julio. Acá, donde ningún peruano había estado jamás. Acá, donde no hay ni tacu-tacu, ni curichi de aguaje, ni Valicha, ni choclo con queso, ni Zambo Cavero, ni espéramenelsuelo. Acá, donde hay canguros gordos al lado de un camino que nada sabe de perros flacos. Acá donde no hay pobreza, ni desilusión, ni guitarras, ni quenas, ni Congas, ni combis, ni chistecitos de piuranos. 
Acá es 28 de julio y no hay nada ni rojo, ni blanco, ni rapidito, ni para ayer. No hay ni cole'pato, ni Cañón del Pato, ni arroz con pato, ni a quién echarle el pato. No hay ningún santito al que tocar, ningún vecino al que aguaitar, ningún mundial al que clasificar. No hay "Somos libres", ni "aquicito nomá", ni mucho menos "Ya jefe, cómo es?". 
En las esquinas no hay tío emolientero, ni sapo ojeando el periódico, ni chino atendiendo en la bodega. En los campos no hay espaldas dobladas, ni infinidad de semillas, ni chullos sudorosos. En los ríos no hay peque-peques con comercio, ni Yacumamas de leyenda, ni lavanderas restregando. 
No hay Perú y lo extraño. No hay Perú y me da pena. No hay Perú.

Acá ya es 28 de julio y no hay Perú. 
Acá ya es 28 de julio y lo único peruano que veo está en el espejo. Si soy representante del Perú...no lo creo. No puedo representar al peruano que nunca fui, al que no vivió como yo. Eso. Eso que nos une y que nos separa tanto. 

Acá ya es 28 de julio, y cómo me duele el Perú. Al lado...al ladito del esternón.

sábado, 23 de junio de 2012

Si


Claro, siempre y cuando fuese piano.
Yo, si fuese piano, quisiera ser el de Fito.
¿Por qué?
Fito es con quien el piano sueña, a quien espera…por quien existe.
Todos los pianos del mundo quieren ser el piano de Fito.


Claro, siempre y cuando fuese sol.
Yo, si fuese sol, quisiera ser el serrano.
¿Por qué?
El sol serrano es el que les cura el frío a los niños, el que germina la papa…al que no le queda otra que ser dios.
Todos los soles del mundo quieren ser el sol serrano.


Claro, siempre y cuando fuese grito.
Yo, si fuese grito, quisiera ser el de guerra.
¿Por qué?
El grito de guerra es el que lleva a los hombres hacia lo que evitaron siempre, el que los emborracha de gloria…el que no olvida nadie.
Todos los gritos del mundo quieren ser el grito de guerra.


Claro, siempre y cuando fuese mueca.
Yo, si fuese mueca, quisiera ser la tuya.
¿Por qué?
La mueca tuya me desbarató el teatro, me señaló un norte…me regaló un sueño.
Todas las muecas del mundo quieren ser la mueca tuya.


Suerte, que le dicen. Envidia, que le digo yo.



pd: Y todas las mujeres del mundo quieren que las quieran como te quiero yo.

martes, 29 de mayo de 2012

Sinsentido punto seguido.


Un tuit del Dalai Lama. Seis canciones de Fito Paéz. Mi guitarra ronca. El silencio, que me aterra. El fracaso, que me aterra mucho más. El minuto que preludia mi dormir. Los pasadizos largos. La noche infame. El camino intacto. El piano ajeno. El avión esquivo. La gota que cayendo me susurra que estoy solo. La esperanza. El autocojudeo. Los lunes. Las puertas ruines. El lado virgen de una cama igual de virgen. La luz salada, mate, seca. El kilómetro. El teléfono herido, rehén, desvalido. El frío exacto. Los platos sucios. Las teclas parcas, flacas, inservibles. El té. La duda. El odio que me causa. El sueño enclenque, borracho, saltimbanqui. La espalda fuerte. El calendario denso, negro, cachibachesco. El entrecejo. Las copas muertas. Las coplas lo mismo. El compromiso huérfano de promesas huérfanas. El público insatisfecho. Mis doce sombras. Las manos, los mañanas, los relojes, el libido, la conciencia...la impávida impotencia. El signo de interrogación. La canasta de porqués.

El mismo tipo. 
Siempre. 
Siempre. 
Siempre el mismo tipo.