Bienvenido. Lee de abajo hacia arriba. O de arriba hacia abajo. O como quieras. O no leas.



jueves, 5 de mayo de 2016

El Coronel



Mecida entre mis sienes, escrita a mano y a doble espacio, vive la historia del Coronel.  
Rompe, ríe, pesa y sueña. Reniega, trota, canta y ama. La historia del Coronel vive, inmensa, en eso que soy y que aún no sé.  

El Coronel pone pie en el suelo cada mañana, antes que todos. El silencio tempranero que lo abriga le grita a diario que está intacto. El comando y sus soledades le dan paz, le llaman al sacrificio indesmayable de ser el hombre que es.
Lo forman los ingredientes más puros que han habido. Lo visten en justísimo entalle y hace el paseíllo perfumado por un carisma crónico, profundo, repleto de realidad. El Coronel es, todo él, una oda a la honra.
El Coronel deja el nido a paso firme; atraviesa la ciudad aún oscura y sólo se detiene cuando la niebla ya no huele a miedo, sino a tierra. Pantalón de montar, fusta en mano y cara arriba; el Coronel da clase desde el corazón del picadero como quien le responde el saludo al sol. Corrige con disciplina, con amor inmenso…el Coronel educa. Talón abajo, pierna amable, manos serenas, espalda recta, bien hecho el ángulo, los ojos claros, el mando, el cariño, la cara al porvenir; trabajo y más trabajo. El Coronel sabe cómo hay que montar; sabe bien que la vida termina exigiéndole lo mismo a uno.
Huérfano desde niño de nimiedades y mundanidad, el Coronel erige en los ojos de sus ocho una imagen clara de qué significa ser humano. Aprendieron todos cuán pesadas son sus huellas, cuán albo va su ejemplo, cuán entonado canta su consejo.

Un cobarde día el Coronel fue herido de oficio; el televisor lo conminó a sangrar sobre el desierto. Desde entonces se dolió -día a día- en voz muy baja y sin rechistar. Supo sufrir, y su fragilidad, también fue una lección. El reloj le corrió más deprisa y lo fue arrimando hacia otros rincones. El Coronel se le fue al mundo un primer día; herrando para siempre a la ausencia, enfatizando al infinito el vacío, bautizando de final un inicio.
De su entereza procedió todo lo bueno, y entre eso, su segunda hija. La hija del Coronel se pasa los años voceando fuerte todo lo que es; columpiándose en su fuego vivo, en su risa franca, en su mano abierta. Sahúma su verbo en el cajón de lo intocable y suele abrir de par en par el orgullo para que todos lo vean. No ha habido un día en que no le cante hasta que se duerma, ni que vayan juntos salpicándoles agua a los bellacos de la calle.
Llegó el día que, sin previo aviso, sucedió lo inevitable: la hija del Coronel había dejado abierto el cajón. En cuestión de minutos un niño que pasaba, rebalsado de curiosidad, husmeó. El niño aprendió sobre el Coronel, y se atrevió incluso a llamarlo con una sílaba repetida. Aprendió también a compartirlo consigo mismo y muy pronto se encontró implotando en fantasías. Son años ya desde la primera vez que fueron juntos a la Plaza a escudriñar el trapío y las hechuras; y cada vez que vuelven juntos al albero, suena, de vuelta, el primer tercio. Hay otros días en los que cuentan las batidas entre oxer y vertical, mientras el Coronel le narra al niño lo que a nadie le narró. Hay muchos otros en los que sólo juegan al tenis e incluso los hay en los que, desvelados, curan con las manos sentados en el suelo.
El Coronel y el niño son amigos. 
El niño quiere ser como el Coronel. 
El niño quiere que su hijo sea como el Coronel.
El niño nunca posó pupila sobre el Coronel ni viceversa; pero son indesligables...cual suelo y patria.
Un hombre de otra estirpe, de otro tiempo...de todos los tiempos.
El Coronel vive, galopando, hasta hoy día, hasta ayer, hasta mañana.
El Coronel galopa limpio.
Galopa.





pd1: la voz de la hija del Coronel, que terminó por encontrar al niño

Razón de vivir


pd2: Pues eso, que el Coronel sí que tiene quién le escriba.




2 comentarios: